19 de julio de 2015

Vacaciones


Llegó la hora de tomarse unas vacaciones. Nos vemos en septiembre.

¡Feliz verano!


27 de junio de 2015

Batalla de Maratón

En agosto del año 490 a.C., un ejército de unos 10.000 griegos, casi todos ellos atenienses, estaba acampado al pie de las colinas que dominaban la llanura costera de Maratón. Estaban allí para defender su tierra contra la fuerza invasora persa. Desde su campamento protegían los caminos que unían Maratón con Atenas y además dominaban el campamento persa, que se encontraba en la misma llanura a un nivel algo inferior. Entre los dos campamentos se extendía una marisma que hacía difícil el camino entre uno y otro. Los dos ejércitos se estuvieron vigilando durante una semana. Los persas superaban en número a los atenienses, posiblemente hasta por tres a uno, haciendo que los atenienses fuesen reacios a salir de su posición de defensa para presentar batalla. Los persas, por su parte, no querían intentar un ataque cuesta arriba contra la fuerte posición ateniense.
Al final de la semana de espera, los atenienses se decidieron a bajar hasta la llanura para presentar batalla, y la batalla que se libró en Maratón entre atenienses y persas se iba a convertir en materia de leyenda, no sólo para los antiguos griegos sino hasta los tiempos modernos.


Antecedentes

Ciro el Grande había conquistado las poblaciones griegas de la costa de Jonia. Inicialmente, las relaciones entre persas y griegos fueron cordiales, pero pronto los persas empezaron a aplicar restricciones comerciales a los griegos, lo que afectaba a su desarrollo económico. Además de esto Persia impuso tiranos títeres para el gobierno de las ciudades estado jonias, lo que chocaba con la mentalidad independiente de los griegos. Finalmente en el 499 a.C. los jonios llevaron a cabo una revuelta contra los persas.

Liderados por Aristágoras de Mileto, intentaron en primer lugar una alianza con Esparta. Pero el rey espartano Cleómenes consideró que defender a los jonios no tenía ningún interés y declinó apoyar la revuelta. En Atenas, sin embargo, Aristágoras tuvo más suerte y los atenienses decidieron enviar un escuadrón de 20 naves de guerra.
La tropa desembarcó en Éfeso y se dirigió a la capital persa, Sardis, que fue tomada rápidamente, incendiada y arrasada. Posteriormente los griegos fueron derrotados y los atenienses decidieron regresar a casa.

Aunque la revuelta había sido sofocada con éxito, el entonces rey persa Darío I se enfureció ante la participación de los atenienses y decidió castigarlos. Para ello, Darío envió una expedición por mar de casi 600 naves.


La batalla

Al tener conocimiento del desembarco persa en Maratón, los atenienses decidieron mantener encerrados a los persas allí y no permitirles aproximarse a la ciudad.
A pesar de su desventaja numérica, los hoplitas griegos demostraron ser devastadores contra la infantería persa. Los hoplitas rodearon a los persas por los flancos y luego avanzaron hacia el centro. Algunos persas lograron escapar volviendo a sus barcos, pero muchos cayeron en la batalla.

Cuando los soldados atenienses vieron alejarse a los persas en el mar, volvieron rápidamente a Atenas para evitar otro posible desembarco en la ciudad. Finalmente, el general persa Artafernes comprendió que no tenía oportunidad de vencer y puso fin a la campaña, volviendo a casa con lo que quedaba de su ejército.


La victoria fue total para los griegos. Perdieron sólo 192 hombres (según Heródoto) que fueron enterrados en la llanura de Maratón. Esto iba contra la costumbre de la época, ya que los caídos en la guerra eran llevados a Atenas para ser enterrados en el sepulcro Cerameico.


La leyenda

Cuenta la leyenda que un mensajero ateniense llamado Filípides fue enviado desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria griega. Corrió unos 40 kilómetros, anunció la victoria y cayó muerto por agotamiento. Este es el origen de las modernas carreras de maratón.


Fuentes:
* https://unahistoriacuriosa.wordpress.com/2014/08/29/la-batalla-de-maraton-guerra-y-mito
* http://historiaybiografias.com/maraton
* http://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/batalla-de-maraton
* http://www.historiasimple.com/2009/07/la-batalla-de-maraton.html
* Maratón: El origen de la leyenda - Richard A. Billows. Ed. Ariel, 2014


24 de junio de 2015

Castillo de Sax


Situado en el Valle del Vinalopó (Alicante), el castillo de Sax fue construido en lo alto de una encrespada roca caliza de paredes verticales y escasa anchura que, en ocasiones, ha originado desprendimientos sobre el pueblo, extendido a la solana de la Peña.

Tiene una planta alargada con dos recintos diferenciados: del occidental apenas quedan restos, mientras que el oriental está delimitado por dos torres de planta cuadrangular. Todo el conjunto está trabajado en mampostería y tiene similitudes con los cercanos castillos de Villena, Almansa, Chinchilla y Belmonte. No en vano, todos pertenecieron a los Señores de la Villa y Castillo de Sax.

Durante el Señorío de los Pacheco, a mediados del siglo XV, el castillo experimentó una intensa actividad constructiva. De aquí la presencia de las armas nobiliarias del primer Marqués.
Durante la última restauración realizada en los años 1998 y 1999, se reconstruyó parte de las puertas de acceso. Las cerámicas documentadas en la ladera de la peña fechan el inicio de su construcción a finales del siglo X, siendo los árabes quienes realizaron las primeras construcciones aprovechando el promontorio montañoso donde todavía permanecen los aljibes y la Torre Oriental.


Los conflictos fronterizos entre Castilla y Aragón en la primera mitad del siglo XIV supusieron obras de reforma en la vieja fortaleza islámica sajeña. Se edificó una nueva torre maestra, creando dos espacios separados en la cresta de la Peña, uno inferior (a modo de albacar) y otro superior (donde se integra la torre de tapial). La Torre Maestra tiene tres plantas de sillería encadenadas por escaleras talladas en la roca, empinadas y angostas.


El Castillo de Sax es la pieza clave en la defensa del Valle del Vinalopó y último reducto con cierta autonomía logística y táctica de la zona. En su cara oeste se puede observar con nitidez cuatro impactos de proyectiles, de una bombarda de calibre medio, posiblemente de munición de piedra. Estos impactos tienen su origen en el asedio que sufrió la fortaleza por parte del Conde de Cocentaina en las Guerras del Marquesado. Allí se enfrentaron al Marqués de Villena, partidario de "Juana la Beltraneja", con las tropas que defendía a Isabel la Católica. Los disparos se dirigieron a los ángulos de la torre, con el fin de causar los mayores daños posibles, intentando provocar su derrumbe, táctica de ataque frecuente en la época, también documentada en el Castillo de la Atalaya de Villena. La efectividad fue nula, pues la torre resistió muy bien la embestida.

En el año 2001, obtuvo la declaración de Bien de Interés Cultural con rango de "monumento".


Fuente:
Alicantevivo.org

2 de junio de 2015

El mundo espiritual de los indios americanos

El hecho de que América estuviera poblada por seres humanos supuso una sacudida para la potente religión de los europeos del siglo XV. La curiosidad desbordó a los círculos intelectuales y surgieron muchas preguntas: ¿Quiénes eran aquellas personas? ¿Pensaban? ¿Tenían sentimientos, tenían leyes? ¿Cómo y cuándo habían llegado esas gentes hasta donde nadie estuviera hasta entonces?

Los primeros informes sobre los taínos del Caribe, redactados por el propio Colón, los describían como unos salvajes inocentes y generosos que desconocían la malicia y la vergüenza de la desnudez. La Iglesia se conmovió con la posibilidad de llevar el Evangelio a esas almas vírgenes, pero los taínos sólo eran el primero de los miles de pueblos distintos que poblaban el Nuevo Mundo. Desde los esquimales de Alaska a los aztecas mexicanos, desde los mohicanos a los sioux, América era el reino de la variedad. Los diferentes pueblos americanos tenían sus dioses ancestrales y sus conceptos metafísicos y cosmológicos, sus preceptos, sus sacerdotes y sus ritos.

Como principio general, los nativos norteamericanos situaban a los dioses en el cielo, y en esto no se diferenciaban de los noruegos, asirios, celtas, judíos, griegos o cristianos. Los indios de Illinois, por ejemplo, sacrificaban y comían ritualmente perros porque estaban convencidos de que el Creador era un enorme perro que estaba en el cielo. Entre los pueblos de las praderas, los términos para aludir a dios (el que está encima, el más alto) eran sorprendentemente análogos a los que se usaron en Israel para Yaveh o en Noruega para Odín. La idea de base también lo era: el dios supremo era, para todos ellos, el amo o el rey de los cielos.

Los pieles rojas de las grandes praderas lo llamaban Gran Manitú, lo cual no es un nombre sino una definición equivalente a Gran Espíritu, porque entendían que entre los espíritus había uno diferente y superior a los demás. Por debajo del Gran Manitú, el cielo y la Tierra estaban poblados por una gran multitud de otros manitúes o espíritus inferiores. Las religiones norteamericanas eran animistas, una condición que compartían con las subsaharianas, las asiáticas y las australianas, entre otras. El animismo deriva de la idea de que cuanto nos rodea posee un espíritu propio, incluyendo lo que parece inanimado, como el río, la montaña o el viento. Estos espíritus interactúan a su vez con el espíritu humano, individual o colectivamente, de maneras muy distintas.

Para orientarse en ese ámbito desconocido es necesaria la ayuda de hombres expertos (brujos, chamanes, morabitos...) capaces de interpretar esas relaciones por sus señales y orientar a la tribu respecto a los designios de dichos espíritus. Consecuencia de esta manera de ver el mundo es el totemismo. El piel roja no se sentía el ser más perfecto de la Creación. Sabía muy bien que la lechuza veía mejor que él o que el pez nadaba mejor. El espíritu de esos animales era por tanto superior al suyo en esas habilidades, de modo que aquellos grupos humanos que destacaban en alguna de ellas quedaban identificados por los demás con el animal respectivo, que se reconocía como un tótem.

Los totems eran representados como altos postes de madera tallados y pintados con fantásticas mezclas de animales, que tuvieron un elevado sentido místico entre los nativos. Eran sus espíritus favorables, sus protectores. Pero el totemismo no se reducía a unos cuantos símbolos, sino que implicaba además un conjunto muy sofisticado de reglas de conducta, obligaciones y prohibiciones absolutas, lo que hoy conocemos como tabúes. La vulneración de esas reglas por cualquier miembro de la tribu era motivo suficiente para su segregación o, incluso, para su sacrificio.


Para granjearse el apoyo de los espíritus, se usaban amuletos que protegían y aportaban suerte a su poseedor. Tampoco esta fórmula religiosa fue originalmente americana. Los europeos llevaban cruces o medallas colgadas al cuello de la misma forma que los nativos llevaban garras de halcón o dientes de oso. Entre los apaches se usaban fetiches elaborados con la madera de un árbol sobre el que había caído un rayo. Los pueblos sioux usaban testas de búfalo con las que sus jefes se cubrían ceremonialmente la cabeza. Y para los hidatsas el gran fetiche consistía en un sobrero hecho con una tira de piel sacada del lomo de un lobo seguida por su cola.

La mayor parte de las religiones tenían su propia manera de concebir el origen del mundo y algunas de ellas eran francamente pintorescas. Los indios zuñi afirmaban que el Gran Manitú fecundó al mar hundiéndose en él, lo que produjo una espuma verdusca de la que nació la Tierra, que tras ser cubierta por el cielo dio paso a la generación de la vida. Los muskhogines decían que al principio sólo había agua, hasta que dos palomas que volaban sin rumbo observaron que de la superficie de las aguas sobresalía una pequeña hoja de hierba. Era el principio de la Tierra, que subía a la superficie y que terminó imponiéndose a las aguas. En cuanto a los sioux, creían que en épocas muy antiguas habían vivido en un recinto subterráneo próximo a un lago, y que descubrieron el mundo exterior siguiendo las raíces de una enorme parra, por las que la mitad de ellos lograron alcanzar la superficie antes de que el pie de una mujer monstruosa aplastara la planta. A los que llegaron arriba el nuevo mundo les gustó mucho más que el subsuelo, así que decidieron quedarse.

Más allá de estas caprichosas creencias, la espiritualidad de los nativos americanos estaba guiada por la pertenencia del individuo a la naturaleza, entendida esta última como un gran organismo armónico del que el ser humano era sólo una parte más, nunca superior a las otras.

Como es natural, todas estas creencias estaban tuteladas por hombres que ejercían el papel de sacerdotes en sus ceremonias, las cuales solían incluir cánticos sagrados y bailes rituales. El animismo y las estrictas reglas totémicas formaban un entramado de creencias que requería de especialistas para interpretar las señales espirituales. Estos chamanes eran una mezcla de filósofos, sacerdotes, médicos y profetas. Parece ser que conocían y practicaban el hipnotismo, y eran especialistas en hierbas y remedios. Diferenciaban las estrellas y podían realizar horóscopos. Por regla general no vivían con el grupo sino apartados a cierta distancia, y llegaban a ser chamanes por herencia de sus padres, por inclinación natural o como resultado de ciertos sueños. Sin embargo, entre los cherokees existía la costumbre de hacer chamán o ayudante de chamán al séptimo hijo de cada familia.

Como curanderos usaban masajes, cánticos y sahumerios. Eran ellos los encargados de preparar las pipas o calumets en las ceremonias de reconciliación. Lo que en ellas fumaban era tabaco, de acuerdo a los cronistas y antropólogos del siglo XIX. Pero otro testigo del siglo XVI, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, parece que apunta a otro tipo de hierbas cuando escribe: "En toda aquella tierra se emborrachan con un humo, y dan cuanto tienen por él".


Fuente:
Alberto Porlan. El mundo y sus espíritus - Muy Historia nº 57

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