27 de agosto de 2015

La radio de Hitler

Volksempfanger VE301
Cuando el partido nazi llegó al poder en 1933, uno de los mayores desafíos que encontró el ministro de propaganda, Joseph Goebbels fue cómo llevar el mensaje del gobierno a todos los alemanes. Pronto se dio cuenta de las posibilidades que ofrecía la radio como arma de propaganda masiva. El primer paso fue controlar la programación. En 1933 se creó la Corporación de Radiodifusión del Reich, que aglutinaba unas cuantas emisoras regionales que fueron nacionalizadas. Se prohibió la publicidad y se sustituyó la programación convencional por programas de alto contenido político, acordes con las consignas del partido.

Pero el principal problema era que los receptores resultaban demasiado caros para la mayoría de la población. Existían clubes y asociaciones en los que sus miembros se reunían para escuchar un mismo aparato. Estas asociaciones fueron objetivo de los nazis, que habían comenzado a infiltrar a sus partidarios en ellas, pues eran un lugar ideal para comprobar si su mensaje llegaba a la gente. Después de las emisiones se producían debates en los que los nazis podían identificar a los que expresaban opiniones contrarias a su ideología.

Pero la gente también quería escuchar la radio en su casa, por lo que los nazis decidieron crear su propio aparato de radio, asequible para la población: la Volksempfanger o "radio del pueblo". Para ello, Goebbels convocó al ingeniero Otto Griessing encargándole un receptor económico que sería presentado en agosto de 1933 en la Feria Internacional de la Radio de Berlín. El aparato se llamaría VE (Volks Empfanger) 301 (30/1, fecha en que Hitler se convirtió en canciller). El modelo fue la estrella de la feria. En los seis años siguientes se venderían 7 millones de aparatos.

La VE301 fue lanzada a un precio de 76 marcos, más accesible que el de sus competidoras en el mercado. En 1933, un trabajador alemán ganaba entre 120 y 150 marcos mensuales, por lo que gastar la mitad del sueldo en un aparato de radio no parecía convencer a los consumidores. Posteriormente llegaría una versión más barata, la DKE38, que costaba 35 marcos y que fue bautizada por la gente "el hocico de Goebbels".

“Toda Alemania escucha al Fuhrer con la Volksempfanger”

La VE301 y su hermana pobre presentaban muchas limitaciones para escuchar otras emisoras que las manejadas por el régimen, y sólo por la noche y con antenas especiales era posible sintonizar radios de otros puntos de Europa. A partir del inicio de la Segunda Guerra Mundial se prohibió escuchar toda emisión de fronteras afuera. Un papel pegado a los receptores en el momento de su venta decía: "Piense en esto. Escuchar emisoras extranjeras es un crimen contra la seguridad nacional y contra nuestro pueblo. Es una orden del Führer, y su no cumplimiento será castigado con prisión y trabajos forzados". En los territorios ocupados durante la guerra, el simple hecho de escuchar cualquier emisora de radio podía ser penado con la muerte.

Resuelto el tema del medio, la programación se fue reestructurando para que nadie hablara de nada que contradijera la palabra oficial y para que cada nota musical, cada sonido, fueran consecuentes con las ideas del partido nazi. Se transmitían no sólo los discursos del Führer sino también los de los máximos líderes del partido y del gobierno. Había charlas sobre nacionalsocialismo destinadas al público en general y otras para segmentos específicos, como las amas de casa y los obreros. Paulatinamente primero y de manera acelerada más tarde, la música clásica y popular alemanas fueron desplazando a las de otras latitudes. El jazz fue eliminado por "negroide y decadente" y los compositores de origen judío fueron prohibidos.


Familia alemana escuchando la radio
Llegó un momento en que la audiencia alemana se cansó de la uniformidad –y de las proclamas e informes triunfalistas– y empezó a dejar de escuchar la radio. Goebbels ordenó entonces que al menos el 70% de la programación estuviera dedicada a la música ligera. En abril de 1945, cuando los aliados rodeaban Berlín y Hitler se refugiaba en su búnker, Radio Berlín, emitiendo desde las ruinas, informaba que Alemania estaba a punto de ganar la batalla de la capital. El 20 de abril, día del cumpleaños del Führer, el propio Goebbels proclamaba a la audiencia que el curso de la guerra estaba girando a favor de los nazis.

El 1 de mayo, los alemanes se enteraron por Radio Hamburgo que todo terminaba, con el mismo tono marcial y la misma línea mentirosa que había impuesto Goebbels: tras interrumpir la programación para dar "una grave e importante noticia", se escucharon fragmentos de ópera de Wagner y algunos acordes de la Séptima sinfonía de Bruckner, para dar lugar a una voz sonora: "Nuestro Führer, Adolf Hitler, luchando hasta el último aliento contra el bolchevismo, cayó por Alemania esta tarde (había sido la tarde anterior), en su cuartel general de la Cancillería del Reich".

Era el final del régimen nazi y también de la Volksempfänger, que dejó de producirse de inmediato, aunque tantos eran los aparatos en actividad que dieron a un ingeniero eléctrico sin dinero llamado Max Grundig la oportunidad de poner en marcha un negocio propio: arreglar y vender los receptores. Se hizo rico y más tarde, ya con marca propia, famoso.


Fuentes:
* Perfil.com
* Cabovolo


25 de agosto de 2015

Pellofas, las monedas eclesiásticas

No fueron monedas de curso legal, ya que no las emitió un estado o un monarca, pero si nos atenemos al largo periodo de tiempo durante el que circularon -desde finales de la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX- las pellofas o plomos, unas pequeñas fichas metálicas utilizadas en muchas comunidades religiosas de Cataluña, Valencia y Mallorca, las podemos considerar las emisiones que más han perdurado en el tiempo.

Las pellofas servían para pagar a los miembros de las comunidades su participación o asistencia a los actos litúrgicos. Desde cantar en el coro hasta asistir a procesiones, misas de difuntos o de fiesta mayor, decir plegarias para acabar con las numerosas plagas que hacían peligrar las cosechas, oficiar bodas, entierros o aniversarios y un largo etcétera. Eran un incentivo para los no siempre voluntariosos religiosos.

Según documentación existente, para recibir estas pellofas y dar por buena la asistencia, era necesario participar en el oficio de forma activa, cantando y celebrando. El administrador de la comunidad, cuando liquidaba las mensualidades a los religiosos, las cambiaba por moneda de curso legal.


La mayoría de estas pequeñas piezas son redondas como las monedas pero también las hay cuadradas, en forma de escudo y ovaladas, y su tamaño va desde un centímetro y medio hasta los tres centímetros. Muy pocas llevan impresa la fecha en la que fueron emitidas.

Mallorca es el único sitio donde se acuñaron siempre en plomo mediante moldes, obteniendo piezas más gruesas, mientras que el resto se elaboraron por acuñación a martillo a partir de matrices de hierro sobre láminas de metal, generalmente latón.

Hasta la desamortización del siglo XIX casi todos los pueblos y ciudades contaban con un centro religioso importante en el que se pagaba con pellofas a sacerdotes y presbíteros, por lo que no es extraño que estas piezas acabaran circulando fuera de los templos.


Fuente:
* http://cat.elpais.com/cat/2015/08/23/catalunya/1440352585_580572.html


27 de junio de 2015

Batalla de Maratón

En agosto del año 490 a.C., un ejército de unos 10.000 griegos, casi todos ellos atenienses, estaba acampado al pie de las colinas que dominaban la llanura costera de Maratón. Estaban allí para defender su tierra contra la fuerza invasora persa. Desde su campamento protegían los caminos que unían Maratón con Atenas y además dominaban el campamento persa, que se encontraba en la misma llanura a un nivel algo inferior. Entre los dos campamentos se extendía una marisma que hacía difícil el camino entre uno y otro. Los dos ejércitos se estuvieron vigilando durante una semana. Los persas superaban en número a los atenienses, posiblemente hasta por tres a uno, haciendo que los atenienses fuesen reacios a salir de su posición de defensa para presentar batalla. Los persas, por su parte, no querían intentar un ataque cuesta arriba contra la fuerte posición ateniense.
Al final de la semana de espera, los atenienses se decidieron a bajar hasta la llanura para presentar batalla, y la batalla que se libró en Maratón entre atenienses y persas se iba a convertir en materia de leyenda, no sólo para los antiguos griegos sino hasta los tiempos modernos.


Antecedentes

Ciro el Grande había conquistado las poblaciones griegas de la costa de Jonia. Inicialmente, las relaciones entre persas y griegos fueron cordiales, pero pronto los persas empezaron a aplicar restricciones comerciales a los griegos, lo que afectaba a su desarrollo económico. Además de esto Persia impuso tiranos títeres para el gobierno de las ciudades estado jonias, lo que chocaba con la mentalidad independiente de los griegos. Finalmente en el 499 a.C. los jonios llevaron a cabo una revuelta contra los persas.

Liderados por Aristágoras de Mileto, intentaron en primer lugar una alianza con Esparta. Pero el rey espartano Cleómenes consideró que defender a los jonios no tenía ningún interés y declinó apoyar la revuelta. En Atenas, sin embargo, Aristágoras tuvo más suerte y los atenienses decidieron enviar un escuadrón de 20 naves de guerra.
La tropa desembarcó en Éfeso y se dirigió a la capital persa, Sardis, que fue tomada rápidamente, incendiada y arrasada. Posteriormente los griegos fueron derrotados y los atenienses decidieron regresar a casa.

Aunque la revuelta había sido sofocada con éxito, el entonces rey persa Darío I se enfureció ante la participación de los atenienses y decidió castigarlos. Para ello, Darío envió una expedición por mar de casi 600 naves.


La batalla

Al tener conocimiento del desembarco persa en Maratón, los atenienses decidieron mantener encerrados a los persas allí y no permitirles aproximarse a la ciudad.
A pesar de su desventaja numérica, los hoplitas griegos demostraron ser devastadores contra la infantería persa. Los hoplitas rodearon a los persas por los flancos y luego avanzaron hacia el centro. Algunos persas lograron escapar volviendo a sus barcos, pero muchos cayeron en la batalla.

Cuando los soldados atenienses vieron alejarse a los persas en el mar, volvieron rápidamente a Atenas para evitar otro posible desembarco en la ciudad. Finalmente, el general persa Artafernes comprendió que no tenía oportunidad de vencer y puso fin a la campaña, volviendo a casa con lo que quedaba de su ejército.


La victoria fue total para los griegos. Perdieron sólo 192 hombres (según Heródoto) que fueron enterrados en la llanura de Maratón. Esto iba contra la costumbre de la época, ya que los caídos en la guerra eran llevados a Atenas para ser enterrados en el sepulcro Cerameico.


La leyenda

Cuenta la leyenda que un mensajero ateniense llamado Filípides fue enviado desde Maratón a Atenas para anunciar la victoria griega. Corrió unos 40 kilómetros, anunció la victoria y cayó muerto por agotamiento. Este es el origen de las modernas carreras de maratón.


Fuentes:
* https://unahistoriacuriosa.wordpress.com/2014/08/29/la-batalla-de-maraton-guerra-y-mito
* http://historiaybiografias.com/maraton
* http://mihistoriauniversal.com/edad-antigua/batalla-de-maraton
* http://www.historiasimple.com/2009/07/la-batalla-de-maraton.html
* Maratón: El origen de la leyenda - Richard A. Billows. Ed. Ariel, 2014


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