21 de febrero de 2015

Castillo de Tossa


Tossa de Mar, la antigua Turissa romana y de tradición pesquera, es uno de los rincones más bellos de la costa brava. Cuenta con una ciudad antigua, la Vila Vella, situada en una ladera y declarada monumento nacional. El castillo y el amurallamiento general de la Vila Vella datan del siglo XII al XIV.

Los documentos de época medieval que hablan de Tossa hablan de cuando el conde Miró, conde de Cerdaña y Besalú, cede al Monasterio de santa maría de Ripoll los derechos de Tossa. Posteriormente Ramón Berenguer III y el Papa Urbano II con su bula confirmaron los antiguos derechos que el Monasterio de Ripoll había adquirido históricamente sobre Tossa.

Los primeros datos sobre el castillo de Tossa se refieren al año 1187 en la carta pobla de la población. En 1189 Alfonso el casto ordenó que cualquiera que pescara en el término del castillo de Tossa debería pagar tributo al monasterio de Ripoll.

En el Libre de Feyts d'armes de Catalunya se señala cómo entraron muy violentamente en 1285 las tropas francesas.

Es de señalar que en 1420 los pescadores se niegan a pagar el tributo de pesca, denominado "castellatge del peix" al monasterio de Ripoll, si Pere de Riera, su baile, no prestaba los debidos servicios de vigilancia del castillo.

El castillo de Tossa es importante por el papel decisivo frente a los piratas. Dado su lugar privilegiado de emplazamiento, podía defender la bahía.


Fuente:
Arteguias

8 de febrero de 2015

Historia de la jeringuilla

Jeringa proviene del latín siringa y a su vez este del griego syrinx, tubo. Consiste en un émbolo insertado en un tubo que tiene una pequeña apertura en uno de sus extremos por donde se expulsa el contenido de dicho tubo.

Desde la antigüedad se reflexionaba en la forma de introducir sustancias en el interior del organismo a través de la piel, directamente en los músculos o la sangre.

El primer antecedente de la jeringa primitiva se remonta al siglo IX, en que el cirujano egipcio Ammar Ali al-Mawsili técnicamente inventó la primera de ellas usando un tubo de vidrio hueco aplicando succión con el objetivo de remover las cataratas de los ojos de un paciente, práctica que continuó en uso hasta el año 1230.

Los griegos inventaron un rudimentario instrumento que consistía en una vejiga con una caña, que hacia finales del siglo XV se transformo en las famosas lavativas.

Los primeros intentos de utilizar algo similar a una jeringa se realizaron en el siglo XVII cuando se intentó inocular medicamentos analgésicos justo en el lugar donde se localizaba el dolor.

El famoso arquitecto y científico inglés Sir Christopher Wren, conocido por el diseño de la Catedral de San Pablo en Londres, inspirado en la Basílica de San Pedro de Roma, en el año 1656, mientras se encontrada ingresado en un hospital y no podía ingerir alimentos, comenzó a imaginar el diseño de la jeringa hipodérmica.

Comenzó estudiando los trabajos de famoso anatomista Andrés Vesalius, considerado del padre de la anatomía moderna y una vez que completó los conocimientos que necesitaba, llegó a la conclusión de que los alimentos absorbidos en el tracto digestivo son llevados por la vía sanguínea a todos los órganos del sistema, por lo tanto, si se ponía la sustancia directa en un vaso sanguíneo, rápidamente se tendría el efecto esperado, de esta reflexión y de su ingenio surge la primera jeringa hipodérmica.

Jeringuilla francesa del siglo XVII

Con el concepto claro se le ocurrió utilizar una pluma de ave que biselada en un extremo y atándole al extremo opuesto una vejiga de un pequeño mamífero resulto el equivalente de la jeringa rudimentaria, ésta fue llevada por la goma del opio, más agua de la llave y puesta en vena hizo nacer una manera científica y útil de sustituir la vía oral.

Con respecto al uso de la jeringa en el tratamiento ginecológico, en 1776 el Dr Hunter en Londres se había servido de una jeringa calentada para extraer el semen del marido de una de sus pacientes que padecía hipospadia (mal formación congénita de la uretra masculina que drena hacia abajo y no hacia delante como es normalmente) y logró practicar una inseminación artificial satisfactoriamente.

En 1809 el médico francés François Magendie demostró por primera vez que era posible introducir medicamentos a través de la piel.

En 1836 el médico francés Lafargue introdujo morfina bajo la piel mediante el empleo de una lanceta que colocaba en posición casi horizontal.

Siguiendo esta línea de desarrollo en el año 1839, los doctores Taylor y Washington, de Nueva York, presentaron por primera vez la forma de introducir una solución de morfina en los tejidos mediante la jeringa de Anel, la cual fue predecesora del actual instrumento hipodérmico.

El anhelado objetivo se logró definitivamente a mediados del siglo XIX, en el año 1849 por el Dr Alexander Wood secretario del Real Colegio de Médicos de Edimburgo, en el Reino Unido, había estado experimentando con una aguja hueca para la administración de fármacos en el torrente sanguíneo, se le ocurrió poner un punto cortante en la extremidad de la jeringa para introducirla debajo de la piel sin necesidad de hacer incisión para aplicar el fármaco, como se hacia hasta ese momento.

Obtuvo por su descubrimiento un reconocimiento internacional, pero desafortunadamente su esposa que padecía de cáncer murió de una sobredosis de morfina.

En 1851 el cirujano Charles Pravaz de Lyon en Francia, diseño una jeringa hipodérmica en la que la dosificación se conseguía dando vueltas al eje de un pistón.

Una jeringa algo diferente fue la de Barthelemy por su pequeño tamaño y división centesimal utilizada para inyectar medicamentos de pequeñas dosis como la insulina y la tuberculina.

El inglés Williams Ferguson simplificó la jeringa y el fabricante Luer la industrializó, muchas dificultades que habían afrontado los que aplicaban transfusiones de sangre desaparecieron con la invención de la jeringa hipodérmica.
La jeringa facilitó el uso de la morfina y en la guerra civil de los Estados Unidos se utilizaba para cualquier tipo de dolor por lo que muchos soldados regresaron a sus casas adictos a la morfina, se calcula que la contienda creó más de un millón y medio de morfinómanos.

En la guerra Franco-Prusiana en 1870 sucedió algo similar y se creó el termino de «la enfermedad del soldado» y la medicina se encontró con el problema de desintoxicar a millones de adictos que como heridos de guerra habían utilizado altas dosis de morfina.

En el año 1950 el estadounidense Arthur Smith patentó una jeringa desechable y cuatro años después se creó la primera jeringa desechable que podía ser producida masivamente.


Fuente:
Canarias7.es

22 de enero de 2015

El Imperio Comanche (II)

Las mujeres comanches se encargaban de las tareas domésticas y de cuidar a los niños, una labor en la que también colaboraban los ancianos. Cuendo moría algún guerrero todos lloraban la pérdida, pero eran las mujeres las que se hacían cortes a lo largo de los brazos con sus dagas. Ellas eran las encargadas de cuidar los caballos, el bien más valioso de los comanches, y las que tenían que ensillarlos y desensillarlos. También curtían las pieles, preparaban la carne y transportaban los enseres más valiosos. Gracias a los equinos, los guerreros adquirían esposas y libraban batallas.

Cuando cazaban bisontes, ellas eran las que llevaban los rifles y cualquier utensilio que necesitaran los guerreros que iban a caballo. Tras la muerte del animal, las mujeres lo desollaban, cortaban la carne en trozos y transportaban todo al campamento. Para el hombre era indigno poner su mano sobre el bisonte caído. De los bisontes aprovechaban todo: carne, piel, vísceras, sebo y huesos. Sólo cazaban cuando era estrictamente necesario y nunca lo hacían por diversión. Tampoco abatían animales preñados, ya que eran conscientes de la importancia que tenía la preservación de especies. Era una sociedad que hoy día podríamos considerar machista y ecologista. Los comanches tomaban los recursos que les brindaba la naturaleza, pero sólo utilizaban lo que realmente necesitaban.

Antes de que concluyera la década de 1730, los comanches habían acumulado caballos suficientes para proporcionar monturas a todos sus guerreros. Realizaron migraciones estacionales en función de la disponibilidad de bisontes, pasto para los caballos, madera y agua. 

Aquella expansión convirtió a los comanches en una superpotencia que ocupaba un territorio de más de 400.000 kilómetros cuadrados. La necesidad de ensanchar su economía de caballos y bisontes les había llevado a las praderas en torno a 1700. Setenta años después, en 1770, esa misma necesidad les llevó a las llanuras de Texas. Todo su mundo giraba en torno a su capacidad para sustentar el aumento de sus ya abultadas manadas de caballos, y fue este imperativo el que los atrajo hacia la Texas española.

Cuerno Verde
Aquel territorio estaba salpicado de misiones, asentamientos y ranchos civiles mal defendidos, lo que lo convertía en un objetivo para los guerreros comanches. En 1779, el gobernador español de Nuevo México, Juan Bautista de Anza, reunió un ejército que incluía indígenas para enfrentarse al jefe comanche Cuerno Verde, cuyos guerreros atacaban los asentamientos coloniales. Anza tendió una trampa a Cuerno Verde y el jefe comanche y una treintena de sus guerreros fueron abatidos. Aquella pírrica victoria fue tan sólo una escaramuza más en la permanente guerra que enfrentaba a la Corona española y a los comanches, una guerra larvada que heredó México cuando se independizó en 1821.

Los comanches lograron explotar más a fondo que otras tribus las inmensas reservas bioenergéticas almacenadas en las manadas de bisontes. Al reinventarse a sí mismos como cazadores a caballo, dependieron totalmente de una única fuente de alimento, el bisonte, que les proporcionaba una acelerada ingesta de calorías, lo que facilitó el crecimiento demográfico de su pueblo.

El final de su imperio comenzó el mismo día que Estados Unidos derrotó a México. En 1848 ambos países firmaron el tratado de Guadalupe Hidalgo, por el que México cedió a Washington los territorios de California, Nevada, Nuevo México, Utah y Texas, y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. Por aquellos años el presidente estadounidense James Monroe esbozó la política expansionista de su país y los planes de exclusión de las tribus nativas.

Una de las razones por la que los comanches tomaban cautivos era para incrementar su población. En general eran varones de entre 4 y 10 años, lo que facilitaba su integración en la tribu. En el caso de las mujeres, su captura respondía a la necesidad de nuevas féminas para llevar a cabo las tareas domésticas y el cuidado de los caballos. 

Quanah Parker
Destaca el caso de la estadounidense Cynthia Ann Parker, que siendo niña fue secuestrada por los comanches. Se casó con el jefe Peta Nocona y tuvo tres hijos. Años después fue liberada, pero ella se sentía una más de la nación comanche. Uno de sus hijos, el guerrero Quanah Parker, se convirtió en una pesadilla para la caballería estadounidense en las batallas que se sucedieron en la frontera de Texas. Los comanches se sentían furiosos con los cazadores blancos, que estaban masacrando las manadas de bisontes. Sabían que el exterminio de su animal sagrado sería el ocaso de su pueblo. En 1874 los comanches que encabezaba Quanah Parker se aliaron con indios kiowas, cheyennes y arapahoes para asaltar Adobe Walls, un antiguo puesto comercial ubicado al norte de Texas. Aunque apenas infligieron bajas a los blancos, el ataque fue un revulsivo que puso en pie de guerra a los nativos de las praderas. Desde Texas a Colorado las tribus se levantaron en armas. El gobernador les amenazó con la persecución hasta la muerte si no se avenían a presentarse en las reservas.

Quanah comprendió finalmente que seguir luchando era el suicidio para su pueblo. Se entregó en Fort Sill el 2 de junio de 1875. Él y sus guerreros fueron los últimos comanches que vivieron en libertad en las praderas meridionales de Texas. Su derrota fue el símbolo del triste final de las tribus indígenas en Estados Unidos.


Fuente:
Guillermo Soto. El Imperio Comanche. Amos y señores de las llanuras - Muy Historia nº 57

Más información:
Batalla de Cuerno Verde
Quanah Parker
American Indian Tribal Affiliation Study (en inglés)

18 de enero de 2015

El Imperio Comanche (I)

Guerrero comanche
En los albores del siglo XVIII los comanches eran cazadores recolectores que vivían en la frontera septentrional del reino español de Nuevo México. Se expandieron por el suroeste de los actuales Estados Unidos y crearon un imperio que controlaba una enorme red comercial, de Canadá a Ciudad de México. Influyeron a sus vecinos, aterrorizaron a los belicosos apaches e impusieron sus reglas de juego a los colonos.

Los comanches fueron un pueblo poderoso que tuvo en jaque a las potencias europeas que se atrevieron a enfrentarse a ellos. Entre 1750 y 1850 fueron el pueblo dominante en aquel vasto territorio, donde difundieron su lengua y su cultura. Extrajeron recursos y mano de obra de sus vecinos apaches y euroamericanos mediante el robo, el secuestro y los impuestos. De forma vertiginosa, se convirtieron en “los señores de las llanuras meridionales”.

Sus orígenes hay que buscarlos en la tribu de los shoshones, que se asentaba en las montañas de Utah. A finales del siglo XVII se escindieron en dos facciones. Una de ellas se dirigió hacia el sur y desapareció varios años de los registros arqueológicos, hasta que reapareció a principios del siglo XVIII en los documentos españoles con el nombre de comanches.

Se cree que el motivo de la migración de los shoshones al sur pudo ser su deseo de acceder a los caballos, que acababan de empezar a propagarse en gran número hacia el norte desde el territorio español de Nuevo México. Los comanches empezaron a adquirirlos en torno a 1690, y en pocos años prosperaron gracias a su repentina capacidad para desplazarse, cazar y guerrear.

En aquel tiempo los comanches formaron una alianza política y militar con la tribu ute, que reportó ventajas estratégicas a ambos grupos. En la década de 1710, tan sólo una generación después de haber conseguido los primeros caballos, los comanches iniciaron incursiones en el norte de Nuevo México. Los ute llevaban comerciando en este territorio desde la década de 1680 y habían acumulado suficientes armas y utensilios de metal de origen español para entregar algunos a sus aliados. Aquel regalo de los ute hizo que los comanches pasaran de la Edad de Piedra a la del Hierro en un abrir y cerrar de ojos. También con la ayuda de los ute los comanches se incorporaron al comercio de esclavos, una práctica consolidada en Nuevo México y estimulada por las ambigüedades del sistema legal y colonial que imponía el imperio español.

Antes de entrar en batalla, los “señores de las llanuras” pintaban sus caballos con franjas rojas, negras y blancas, y teñían sus propios cuerpos de rojo para mostrar al enemigo una imagen aterradora. Los jefes de las partidas de guerra utilizaban tocados o penachos de plumas de águila, y algunos de los guerreros más intrépidos se cubrían la cabeza con un gorro hecho con un escalpe de búfalo, que iba adornado también con plumas e incluía los cuernos del animal.

Ranchería comanche (George Catlin)
Los comanches vivían en rancherías, que estaban compuestas en torno a unas 200 tiendas (tipis), cuya población podía ser de unos 600 habitantes. Podían albergar cerca de 2.000 caballos, su bien más preciado. Pero tantos animales acababan rápidamente con los pastos, razón por la cual las rancherías se trasladaban de un lugar a otro cada diez o quince días. La familia, compuesta por un guerrero, esposa e hijos, vivía en una tienda hecha de piel de bisonte. Cada ranchería tenía dos jefes, uno de paz para redimir cuestiones tribales y otro que trataba los asuntos bélicos. Vestían con pantalones y taparrabos de piel curtida y se armaban con lanzas, flechas y rifles. El chimal (escudo) era elaborado con cuero muy grueso y en el centro llevaba un amuleto que los protegía de heridas y otros males. Los guerreros eran aquellos hombres capaces de asistir al combate. Durante interminables horas, alrededor de una gran fogata, los comanches practicaban danzas. También celebraban una ceremonia de paz en la que sacrificaban un caballo, que era depositado en un hoyo junto a algunas armas de los bandos enfrentados. Se tomaban muy en serio los tratados de paz, razón por la que las autoridades coloniales los trataban como un bloque social y cultural.

Continuará


Fuente:
Guillermo Soto. El Imperio Comanche. Amos y señores de las llanuras - Muy Historia nº 57

Más información:
El Imperio Comanche. Pekka Hamalainen (libro). Ed. Península, 2011.

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